Entonces tuve celos de mi madre y resolví quitarle su papel. Me apoderé de una obra titulada Tribulaciones de un chino en China y me la llevé a la habitación de los trastos; allí, encaramado en una cama plegable, hice como que leía: seguía con los ojos las líneas negras sin saltar una sola y me contaba una historia en voz alta, teniendo el cuidado de pronunciar todas las sílabas. Me sorprendieron –o hice que me sorprendieran–, lanzaron exclamaciones y decidieron que ya era hora de enseñarme el alfabeto. Fui diligente como un catecúmeno; llegué incluso a darme clases particulares: me encaramaba en lo alto de mi cama plegable con Sin familia, de Hector Malot, que me sabía de memoria y, medio recitando, medio descrifrando, recorrí una tras otra todas las páginas; cuando volví la última, ya sabía leer.
Ver en dos ojos imágenes que entraman paisajes, lugares, las calles, la casa, los muros, las pinturas de los cuartos, los cuartos, el color, el jardín...el mar*
Tu cuerpo contra el mío...en paz, una tranquilidad que recorre el cuarto, el frío de la noche se calienta con tu respiración...mi piel te puede oler, mis manos te ven y detienen tu cuerpo que cede y se viene abajo. Y yo me mantengo en vigilia para cuidarte, para contemplar tu respiración, y llenarme de tu cuerpo. Etéreo.*
La primera vez, observé tus ojos... los mire con ojos de niño...ingénuo, con mirada que ve a detalle, que trata de penetrar en el color que llevan. Ahora los conozco, los veo crecer, ojos de ave...hoy son estos ojos...a veces míos, a veces tuyos... los que tocan, los que sienten, los que en bandadas pasean por el cielo.*
Subíamos las escaleras y nos encontramos con una terraza, salimos para sentir el viento en la cara, para sentir el aire que corría frío y que se compensaba con el calor de tu cuerpo y el mío...se sentía el viento, un sólo extender tus brazos y parecerías ave en vuelo...